domingo, 5 de agosto de 2012


Kafka y Camus a través de la ventana
Por Julián E. Giambelluca.

Mirar por la ventana como símbolo de deseos aplazados indefinidamente es, quizás, una de las imágenes poéticas que más me atrajo siempre.
        En música, se me ocurren, por ejemplo, Detrás del vidrio, de Vox Dei (“Las horas se suceden, una tras otra, y yo aquí, detrás del vidrio”) o la más popular “ñata contra el vidrio” del tango.
Mirando por la ventana está también Antonio, el anciano de la película de Sorín, La ventana.
En pintura, por supuesto, la muchacha en la ventana, de Dalí, de espaldas al espectador.
      En literatura también aparecen muchos personajes que miran por la ventana con ésa carga simbólica. Sólo tomaré dos de ellos. Por un lado, el eterno Gregorio Samsa; por otro, Mersault, el extranjero del mundo que Camus pintó en su feroz novela. Presos de sí mismos o de inhumanas reglas sociales (que es más o menos la misma prisión), ambos personajes tienen como última actitud, ante la muerte inminente, mirar por la ventana. Contemplar por última vez aquel mundo al que alguna vez pertenecieron pero ya no. 

Escuchar el rumor de la ciudad o mirar el cielo a través del cuadrado que la ventana les permite es, para ellos, el último contacto con un deseo de pertenencia que, irremediablemente, se les esfuma ante sus ojos.
         Gregorio “permaneció en un estado de apacible meditación e insensibilidad hasta que el reloj de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vislumbrar el alba que despuntaba tras los cristales. Luego, a pesar suyo, dejó caer la cabeza y de su hocico surgió débilmente su último suspiro.”[1]
Mersault nos cuenta en primera persona que “me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. […]. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente”.[2]
Dos escritores, dos personajes, el mismo deseo a través de la ventana.


[1] La metamorfosis, Franz Kafka.
[2] El extranjero, Albert Camus.

jueves, 10 de mayo de 2012


Rapidez y calidad en la escritura
Por Julián E. Giambelluca.

¿Quién dijo que la rapidez en realizar una empresa no puede conciliarse con la calidad de la misma? Si bien es cierto (¿es cierto?) que algunas actividades, o que en algunos casos algunas actividades, no logran aunar, de forma óptima, rapidez en la producción con calidad del producto, hay casos que demuestran lo contrario.
En el campo de la escritura, uno de los ejemplos más significativos al respecto es el caso de Dostoievski. Ana G. Dostoiévskoia, segunda esposa del gigantesco escritor ruso y quien vivió con él durante los últimos catorce años de su vida, cuenta, en Dostoievski, mi marido, que, acosado por las deudas y para no perder los derechos de sus textos, el gran novelista ruso tuvo que escribir El jugador en sólo tres semanas (!), haciendo un alto en la escritura de Crimen y castigo. Muchos de nosotros podríamos tardar años para escribir un texto que tuviera la mitad de la calidad literaria de esa novela.


Un caso aún más extremo es el de Kafka. La condena fue escrita en ¡una sola noche! (no quiero abusar de los signos de exclamación, pero me resulta inevitable en estos casos), sin interrupciones, de un solo tirón. Dice Kafka en su diario: “[…] la he escrito de un tirón, durante la noche del 22 al 23 [de septiembre de 1912], entre las diez de la noche y las seis de la mañana.”
Estos son ejemplos de que puede un texto ser escrito a gran velocidad y tener una calidad literaria envidiable para el común de los mortales escritores.
Es inconcebible una escritura aún más veloz que la de La condena. Sin embargo, existe uno ejemplo de ello... si bien es cierto que, según cuenta la leyenda, su autor fue ayudado en el proceso de escritura por el mismísimo Satanás. Es el caso del manuscrito medieval en pergamino conocido como “Codex Gigas”. Este códex está conformado por 624 páginas y pesa 75 kg. Su (co)autor es un monje benedictino condenado a ser emparedado vivo, quien, para ser absuelto, propuso al monasterio escribir, en una sola noche, una obra que contendría la Biblia y todo el conocimiento del mundo. El monje solicitó la ayuda del Diablo para realizar tamaña empresa, quien aceptó crear el libro con la condición de que su propia imagen apareciera en una de las páginas del códex.
En el otro extremo, el de la lentitud estéril, existen los escritores que pueden estar corrigiendo infinitamente un texto, como aquel personaje, Grand, de La peste, quien durante años ha estado corrigiendo una sola página, la única que ha escrito de su libro. Pero ese será el tema de una futura nota, que todavía estoy corrigiendo.


domingo, 1 de abril de 2012


La gramática no es poesía
Por: Julián E. Giambelluca

A quienes escribimos, muchas veces nos ha pasado no saber cómo construir correctamente una frase. Correctamente desde el punto de vista gramatical, es decir, desde la fría gramática normativa, desde la lógica más dura. Sin embargo, un escritor seguro del poder de su arte no debería preocuparse por reglas represivas (no expresivas).
Muchos fragmentos de Los siete locos son gramaticalmente incorrectos. Pero es indudable que Arlt sabía de literatura.
     
Si se piensa lógicamente la lengua, muchas veces ésta no tiene sentido. Un ejemplo muy conocido es la doble negación que se usa en español. Por ejemplo, la frase “no digas nada”, ¿es un pedido de silencio o todo lo contrario (“decí todo”)? En inglés no funciona de esa manera. La frase charligarcíamente famosa “say no more” así lo indica; su traducción literal sería “decí nada más”.
Ejemplos donde la lógica gramatical no es respetada sobran en la poesía. Siempre me gustó este verso de Sabina: “[…] esta vez yo quería quererla querer y ella no.” Ese verbo repetido tres veces no tiene más sentido que el exquisitamente poético.


Oliverio Girondo, en su poema “Cansancio” (el poeta tiene, por lo menos, dos poemas con este título), expresa visceralmente, entre otras cosas, ese deseo de libertad lírica ante las ataduras que toda lengua impone:
“[…] sempiternísimamente archicansado
en todos los sentidos y contrasentidos de lo
     instintivo o sensitivo tibio
o remeditativo o remetafísico y reartístico típico
y   de los intimísimos remimos y recaricias de la
     lengua
y   de sus regastados páramos vocablos y
     reconjugaciones y recópulas
y   sus remuertas reglas y necrópolis de
     reputrefactas palabras
simplemente cansado del cansancio
del harto tenso extenso entrenamiento al
     engusanamiento
y   al silencio”
En su libro Ser escritor, Abelardo Castillo nos cuenta que Borges, en el otro extremo, “detestaba ‘Hombre de la esquina rosada’ porque en ese cuento había escrito la palabra ‘cuchillón’”[1], palabra expresiva, pero que no aparece en el diccionario, circunstancia que el autor de “El Aleph” no podía permitirse.
Diferentes formas de entender la literatura.


[1] Castillo, Abelardo, Ser escritor. Buenos Aires, Editorial Perfil, 1997, página 23.