Kafka y Camus a través de la ventana
Por Julián E. Giambelluca.
Por Julián E. Giambelluca.
Mirar
por la ventana como símbolo de deseos aplazados indefinidamente es, quizás, una
de las imágenes poéticas que más me atrajo siempre.
En música, se me ocurren, por
ejemplo, Detrás del vidrio, de Vox
Dei (“Las horas se suceden, una tras otra, y yo aquí, detrás del vidrio”) o la
más popular “ñata contra el vidrio” del tango.
Mirando
por la ventana está también Antonio, el anciano de la película de Sorín, La ventana.
En
pintura, por supuesto, la muchacha en la ventana, de Dalí, de espaldas al
espectador.
En literatura también aparecen
muchos personajes que miran por la ventana con ésa carga simbólica. Sólo
tomaré dos de ellos. Por un lado, el eterno Gregorio Samsa; por otro, Mersault,
el extranjero del mundo que Camus pintó en su feroz novela. Presos de sí mismos o de inhumanas
reglas sociales (que es más o menos la misma prisión), ambos personajes
tienen como última actitud, ante la muerte inminente, mirar por la ventana. Contemplar
por última vez aquel mundo al que alguna vez pertenecieron pero ya no.
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Escuchar el rumor de la ciudad o mirar el cielo a través del cuadrado que la ventana les permite es, para ellos, el último contacto con un deseo de pertenencia que, irremediablemente, se les esfuma ante sus ojos.
Gregorio “permaneció en un estado de apacible meditación e insensibilidad hasta que el reloj de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vislumbrar el alba que despuntaba tras los cristales. Luego, a pesar suyo, dejó caer la cabeza y de su hocico surgió débilmente su último suspiro.”[1]
Gregorio “permaneció en un estado de apacible meditación e insensibilidad hasta que el reloj de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía pudo vislumbrar el alba que despuntaba tras los cristales. Luego, a pesar suyo, dejó caer la cabeza y de su hocico surgió débilmente su último suspiro.”[1]
Mersault
nos cuenta en primera persona que “me sentía agotado
y me arrojé sobre el camastro. […]. Los ruidos del campo subían hasta mí.
Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz
de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en
el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo
que ahora me era para siempre indiferente”.[2]
Dos escritores, dos personajes, el mismo deseo a través de la ventana.
[1]
La metamorfosis, Franz Kafka.
[2]
El extranjero, Albert Camus.


