Rapidez
y calidad en la escritura
Por Julián E. Giambelluca.
¿Quién
dijo que la rapidez en realizar una empresa no puede conciliarse con la calidad
de la misma? Si bien es cierto (¿es cierto?) que algunas actividades, o que en
algunos casos algunas actividades, no logran aunar, de forma óptima, rapidez en
la producción con calidad del producto, hay casos que demuestran lo contrario.
En
el campo de la escritura, uno de los ejemplos más significativos al respecto
es el caso de Dostoievski. Ana G. Dostoiévskoia, segunda esposa del
gigantesco escritor ruso y quien vivió con él durante los últimos catorce
años de su vida, cuenta, en Dostoievski,
mi marido, que, acosado por las deudas y para no perder los derechos de
sus textos, el gran novelista ruso tuvo que escribir El jugador en sólo tres semanas (!), haciendo un alto en la
escritura de Crimen y castigo. Muchos
de nosotros podríamos tardar años para escribir un texto que tuviera la mitad de la
calidad literaria de esa novela.
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Un caso aún más extremo es el de Kafka. La condena fue escrita en ¡una sola noche! (no quiero abusar de los signos de exclamación, pero me resulta inevitable en estos casos), sin interrupciones, de un solo tirón. Dice Kafka en su diario: “[…] la he escrito de un tirón, durante la noche del 22 al 23 [de septiembre de 1912], entre las diez de la noche y las seis de la mañana.”
Estos
son ejemplos de que puede un texto ser escrito a gran velocidad y tener una
calidad literaria envidiable para el común de los mortales escritores.
Es
inconcebible una escritura aún más veloz que la de La condena. Sin embargo, existe uno ejemplo de ello... si bien es
cierto que, según cuenta la leyenda, su autor fue ayudado en el proceso de
escritura por el mismísimo Satanás. Es el caso del manuscrito medieval en
pergamino conocido como “Codex Gigas”. Este códex está conformado por 624
páginas y pesa 75 kg. Su (co)autor es un monje benedictino condenado a ser
emparedado vivo, quien, para ser absuelto, propuso al monasterio escribir, en
una sola noche, una obra que contendría la Biblia y todo el conocimiento del
mundo. El monje solicitó la ayuda del Diablo para realizar tamaña empresa, quien
aceptó crear el libro con la condición de que su propia imagen apareciera en
una de las páginas del códex.
En
el otro extremo, el de la lentitud estéril, existen los escritores que pueden estar
corrigiendo infinitamente un texto, como aquel personaje, Grand, de La peste, quien durante años ha estado
corrigiendo una sola página, la única que ha escrito de su libro. Pero ese será
el tema de una futura nota, que todavía estoy corrigiendo.

Al respecto, agregaría una novela de nuestro ámbito que también se redactó en un lapso de tiempo que, si bien no podemos calificar de imposible —porque el texto ahí está—, al menos es sorprendente. Me refiero a "Los pichiciegos" de Fogwill, escrita en seis días.
ResponderEliminarDel otro lado de la cordillera, y en una situación disímil, podríamos hablar de Alejandro Zambra. El tipo se paso cinco años escribiendo una novela de menos de cien páginas: Bonsái. Y ese laburo de orfebre se nota en cada una de su líneas.
Supongo que a la hora de escribir, se haría bien en tomar como consejo y seguir(lo) la siguiente frase del viejo: "El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado".
Gracias por tu comentario. Desconocía el dato sobre "Los pichiciegos".
EliminarEs un tema que me interesa, éste del tiempo, porque en general se mezcla la necesidad económica con la escritura. Me recuerda a Philip Dick que se encerraba en al baño a terminar una novela porque le molestaba las visitas... y necesitaba comer. O Jim Thompson que escribía borracho, sin un peso en el bolsillo, con el editor al lado, apurándolo para publicar.
ResponderEliminarEsto parece indicar que escribir es un oficio como cualquier otro. Abrazo.
Jorge Aloy
Peor pago que muchos otros. Gracias por el comentario,Jorge.
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar¡¡¡Buenísimo!!!
ResponderEliminarNo hay caso, en la escritura, como en la música o la pintura, hay verdaderos GENIOS, incapaces de emular. Pero bueno, para el resto de los humildes mortales nos queda el placer de compartir su obra y recrearnos en hacer lo nuestro lo mejor que podamos, esmerarnos en cada una de nuestras acciones y lo que es más importante, encontrar el placer en ellas. Me encantó el final de tu artículo, ja, ja, ja. Un beso
¡¡¡Buenísimo!!!
ResponderEliminarNo hay caso, en la escritura, como en la música o la pintura, hay verdaderos GENIOS, incapaces de emular. Pero bueno, para el resto de los humildes mortales nos queda el placer de compartir su obra y recrearnos en hacer lo nuestro lo mejor que podamos, esmerarnos en cada una de nuestras acciones y lo que es más importante, encontrar el placer en ellas. Me encantó el final de tu artículo, ja, ja, ja. Un beso